Empatar la hegemonía

El caso Moro muestra que, en lugar de llorar por el dominio cultural del peronismo y la izquierda, los liberales tenemos que ponernos a laburar para disputar el sentido común.

Quiero aprovechar la frustrada conferencia virtual de Sergio Moro en la UBA (después reflotada por la UNL) para ensayar un par de ideas sobre hegemonía, sobre sentido común y sobre cambio político en el sentido más amplio posible. Y para convocar al bando liberal a ponernos las pilas y salir a dar la pelea conceptual.

El nuevo “caso Moro” empezó el 27 de mayo, cuando la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires anunció una conferencia virtual del ex juez y ex ministro brasileño Sergio Moro, moderada por el vicedecano de la facultad y presentado por Jorge Fontevecchia.

Enseguida llegaron las protestas, casi todas de sectores kirchneristas, centradas básicamente en dos argumentos. El primero, más conceptual, era que Moro no tenía autoridad moral para hablar de corrupción. El segundo, más político, decía que Moro le había impedido presentarse a las elecciones a Lula y por eso no podía dar clases de democracia.

Más allá de estos argumentos –a los que uno podría responder que Moro logró inéditas condenas por corrupción de decenas de empresarios y políticos, y que su condena a Lula fue luego confirmada y aumentada por tribunales superiores–, la presión en los días siguientes sobre el director del centro de la UBA a cargo del evento, Carlos Balbín, surtió efecto y la conferencia fue cancelada.

Ahí comenzó el enojo del sector no-peronista no-izquierdista, que criticó a la UBA por dejarse amedrentar por las presiones, por no respetar la libertad de expresión y de pensamiento y por deteriorar el debate público, al no permitirle exponer en la conferencia a quien seguramente es una figura relevante del tema en cuestión. Especialmente en una casa de estudios, decían algunos: cómo vas a negarle a alguien la palabra en un lugar donde la confrontación de ideas es prácticamente su razón de ser.


Muros de respaldo

En esos días publiqué dos tuits sobre el tema. El primero decía: “Todo el mundo tiene derecho a repudiar. Tiene menos derecho a exigir o presionar para que se cancele (o escracharlo si se hace). En cualquier caso, la responsabilidad-valentía final es de los organizadores”.

Sigo pensando lo mismo, pero, con la información posterior de que diversas autoridades de la UBA hicieron fuertes presiones sobre Balbín para cancelar la conferencia, creo que se fue mucho más allá del mero repudio legítimo y se pasó a la acción directa, que me parece censurable. Sobre todo en una universidad.

El segundo tuit decía: “La cancelación de la conferencia de Moro es una demostración de hegemonía. Hay que reconocerlo y trabajar para cambiarlo”. De esto es lo que quiero hablar en este post.

Lo que quería decir en ese tuit es que el caso Moro mostraba la fortaleza del kirchnerismo (en un sentido amplio, a falta de una palabra mejor) en cuestiones de influencia cultural, intelectual y política. Y que la lección para el bando liberal ya no puede ser la denuncia, el escándalo o la resignación, sino la construcción de una contrahegemonía que ayude a empatar esta situación.

Una de las razones por las que la conferencia de Moro fue cancelada fue que, al ver el aluvión de protesta, Balbín se dio vuelta y no vio detrás suyo un muro de respaldo. Probablemente se sintió solo, acompañado de unos pocos fieles, y pensó que la opinión dominante, el sentido común sobre Moro y Lula, era el de sus adversarios, y creyó que no tenía más opción que ceder ante la presión.

El objetivo es que, la próxima vez, Balbín u otros balbines en situaciones similares no se sientan tan solos y sepan que existe ese muro de respaldo; que la opinión de los denunciadores no es necesariamente mayoritaria y que una parte importante del mundo cultural, intelectual y político (y de la sociedad en general) comparte sus ideas y está dispuesto a defenderlas. No sólo en público o en las redes sociales: también en los ámbitos donde se toman este tipo de decisiones.


No alcanza con ganar elecciones

Es un proceso largo, que no es fácil, para el que no hay una hoja de ruta y que requiere mucha paciencia, porque los resultados sólo se ven en el largo plazo. Es un juego infinito, que no termina nunca y al que tenemos que dedicarle la misma energía que a ganar elecciones.

Porque quedó demostrado que no alcanza con ganar elecciones y cambiar los gobiernos. La disputa por las creencias y el sentido común es mucho más profunda de lo que pueden generar los gobiernos. Por supuesto que los gobiernos y los procesos políticos influyen en el clima cultural y las ideas dominantes, pero también es cierto en el sentido opuesto: que el clima cultural y las ideas dominantes influyen sobre los procesos políticos.

Un punto importante que quiero decir es que un partido político o una coalición no pueden hacer este trabajo por sí mismos. Es pedirles demasiado. En el mundo conectado, caótico y horizontal de hoy, es muy difícil para una fuerza política conducir dócilmente el clima de época. En el mejor de los casos representa, acompaña y lidera fuerzas sociales más amplias en permanente disputa. Si el no peronismo vuelve al gobierno en 2023 (o cuando le toque), va a necesitar un clima de ideas distinto al actual si quiere hacer reformas profundas que modifiquen la trayectoria del país.

El proceso de cambio de creencias en una sociedad requiere un trabajo amplio, no necesariamente coordinado pero sí insistente y ambicioso, orgulloso de sí mismo, que se anima a decir las cosas en las que cree. Este trabajo incluye la conquista de espacios de poder, pero sus objetivos principales deben ser, por un lado, las creencias de la sociedad en general y, por otro, las mentes de quienes tienen capacidad de influencia. Es menos relevante ser accionista de medios de comunicación, por ejemplo, que influir en lo que los periodistas creen que es el sentido común.


El manual de Néstor

El mejor ejemplo que se me ocurre de esto es el liderazgo de los organismos de derechos humanos desde los ‘90 para instalar una agenda y un nuevo sentido común que después sería tomado políticamente por Néstor Kirchner. Néstor no fue un pionero ni operó en el vacío: tomó un tema que estaba en el clima de la época, en buena parte gracias al trabajo de organizaciones muy concretas, y lo llevó hacia adelante. Sin ese trabajo anterior –sin la sensación de que el capítulo de los ‘70 no estaba cerrado–, Néstor no podría haber reiniciado los juicios o derogado las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. O le habría resultado mucho más difícil.

Tenemos que hacer ese trabajo, en todas las áreas que haga falta, incluidos los derechos humanos, donde todavía hay una historia para contar sobre la violencia en 1973-1976, que el relato triunfante ha decidido ignorar. Protestar menos por la derrota, entonces, escandalizarse menos porque en los manuales bonaerenses campa el revisionismo ramplón, o porque no lo dejan a Vargas Llosa inaugurar la Feria del Libro.

No es fácil, porque es una pelea desigual. En el caso de Moro, por ejemplo, sus críticos populistas odiaban a Moro y pedían su defenestración con entusiasmo. Nosotros, en cambio, no amábamos a Moro: sólo decíamos que tenía derecho a hablar. Por eso a veces nuestras ideas son menos llamativas, porque creemos que en una democracia los procesos y las reglas no sólo son importantes sino que son la misma esencia de la convivencia en paz. Cómo lidiar con un absolutista cuando uno no es un absolutista es una gran pregunta de esta época, pero material para otro post.

Igual vale la pena e igual hay que ponerse a laburar, para al menos empatar esta hegemonía. Lo ideal sería ganar, pero con un empate de visitante por ahora me conformo.


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