Hernán Iglesias Illa. Freelance writer.
Autor de Golden Boys (2008) y Miami (2010).
Charlé un rato con Hugh Laurie, o 'Dr House'. Salió esto en La Nación:
El doctor Gregory House terminó su séptima temporada muy mal, incrustándose con su auto en el living de su ex novia y ex jefa. Y empezará la octava temporada todavía peor, en la cárcel, obligado por los capos del pabellón a entregar los calmantes que toma contra el dolor crónico de su pierna. Ha tenido un año pésimo, de esos que obligan a uno a hacerse grandes preguntas. ¿Vale la pena ser tan gruñón y sarcástico y tan exigente con los demás? ¿No debería intentar, por una vez, ser más agradable y más comprensivo? ¿No me merezco yo también ser feliz? Todos estos interrogantes, perfectamente válidos para personas razonables, no se aplican a House, que seguirá siendo, en la cárcel y fuera de ella, el mismo cabezadura insoportable y fascinante de siempre.
Cuando La Nacion le preguntó el miércoles pasado si esta nueva temporada de Dr. House (que se estrena en la Argentina el jueves 27, a las 22, en Universal Channel) era una oportunidad para ver una nueva faceta, más humilde o más derrotada de su personaje, Hugh Laurie se rascó por un segundo la barba y después dijo: "Nunca pensé a House como un tipo que le diera mucha importancia a la felicidad. No me parece que la felicidad sea un objetivo fundamental de su existencia". Y agregó: "Pero sí creo que es capaz de vivir momentos de gozo y que es capaz de sentir la adrenalina de la caza, el desafío de solucionar un problema. Eso es lo más parecido que llega a la felicidad". Algo parecido había dicho un rato antes David Shore, el creador de la serie: House es como es y es improbable que cambie, posiblemente para satisfacción de sus más de 60 millones de fans en todo el mundo, que lo quieren así como es, huraño pero querible, impiadoso pero honesto.
A pesar de esto, en el tercer episodio de esta nueva temporada algo parece quebrarse dentro de House. Dos veces recomienda -a un paciente millonario y súbitamente altruista y a una ex empleada indecisa sobre si volver a trabajar con él- que dedicarse a la familia y ser feliz es más importante que salvar el mundo. "Es cierto, pero House no necesariamente aplicaría estos consejos a su propia vida", dijo Laurie en el set de Dr. House , en Los Angeles, en uno de los estudios de 20th Century Fox. Ese es entonces el único progreso visible: House ahora admite que el runrún de la felicidad y la vida cotidiana puede ser beneficioso para otras personas, aunque no todavía para sí mismo.
El mes pasado publiqué en la revista mexicana Life&Style un largo texto sobre el décimo aniversario de la destrucción del World Trade Center. Es una nota sobre Nueva York. Empieza así:
En agosto de 2003, un accidente en una planta generadora en Ohio dejó sin electricidad a los más de 13 millones de habitantes del área metropolitana de Nueva York. El corte llegó a las cuatro de la tarde de un caluroso jueves de verano y duró hasta la mañana siguiente. En aquellas horas de oscuridad, miles de oficinistas volvieron a sus casas caminando, porque los trenes habían dejado de funcionar; neoyorquinos espontáneos dirigieron el tránsito en las esquinas (y los conductores obedecieron); vecinos que no se conocían salieron con velas a la calle a comentar las noticias; los bares, a oscuras, vendieron barata la cerveza que no podían refrigerar.
A pesar de la penumbra, la ciudad pasó la noche en paz. No hubo saqueos ni carnavales de histeria colectiva: Nueva York se tomó el apagón de 2003 con un espíritu de comunión y sabia resignación muy distinto de la paranoia y la ferocidad que habían dominado el apagón anterior, en el verano de 1977. Sintiéndose ciega y desesperada, aquella Nueva York había amanecido con decenas de muertos, cientos de comercios saqueados y edificios incendiados y miles de detenidos.
¿Qué había cambiado en esos 25 años? Muchas cosas. La ciudad, por un lado, ya no era la misma: expuesta a la oscuridad, la Nueva York de los ’70 –prácticamente quebrada, vaciada por el exilio a los suburbios y azotada por una ola de delincuencia– había elegido tratarse a sí misma como un campo de batalla. En una situación comparable (comparable pero no idéntica, porque las condiciones nunca son idénticas), la Nueva York de 2003, próspera, pacificada y orgullosa, eligió controlar sus peores impulsos y tratarse a sí misma como un jardín urbano, y no como un campo de batalla.
También hubo otro ingrediente. Este espíritu zen y colaborador probablemente habría tenido menos potencia si Al-Qaeda no hubiera clavado dos años antes, el 11 de septiembre de 2001, su penosa daga en el corazón simbólico de la ciudad. En los días posteriores al apagón, diversos comentaristas y expertos dijeron que esta nueva “responsabilidad cívica” de los neoyorquinos, su espíritu de “deber público”, había que agradecerlo, al menos en parte, al “residuo” de los atentados de 2001, que habían encendido en los vecinos una sensación de “vulnerabilidad colectiva” y los había llevado a elegir la cortesía a la bronca, la resignación a la protesta y la generosidad al saqueo. Los atentados, en su brutalidad, habían despertado en los neoyorquinos la sensación de hogar.
El resto está acá, en un PDF muy livianito de cuatrocientos y pico de KB.
Fui a ver a Andrés Calamaro, escribí esta crónica para La Nación:
El recital de Andrés Calamaro en Nueva York de anteanoche tuvo tres tercios definidos: una primera parte sobria y algo aburrida, una segunda chispeante y encantadora, y una tercera borracha y papelonera, en la que Calamaro terminó con los pantalones en las rodillas y tirado en el piso, improvisando boca abajo una versión chapurreada de "Que me pisen", de Sumo.
Un rato antes, Calamaro había consultado con las 1200 personas que habían llenado el teatro Irving Plaza si debía seguir tomando tequila o si debía parar. Quiso que la gente aplaudiera un supuesto "tequilómetro" contra otro "glamurómetro". Explicó: "Si aplauden fuerte al glamurómetro, entonces quiere decir todavía estamos en buen estado y podemos seguir tomando tequila". Pero el público, como el de cualquier recital, aplaudía todo, sin entrar en sutilezas. Calamaro leyó el resultado como una autorización a seguir tomando.
Es una pena que haya sido así, porque de ahí en más el recital, el tercero de su primera gira por Estados Unidos (esta noche toca en Miami), desbarrancó hasta perder casi toda su gracia. Los jóvenes y no tan jóvenes latinoamericanos que habían pagado 62 dólares para verlo -muchos argentinos, pero también muchísimos colombianos- mantuvieron su entusiasmo durante todo el set, pero después, en la vereda de la Calle 15 de Manhattan, mientras fumaban o se mostraban fotos recién sacadas, comentaban con divertida perplejidad la última media hora de Calamaro. Sobre todo comentaban el momento, durante "Crímenes perfectos", en el que el ex líder de Los Rodríguez se puso de espaldas, desabrochó sus pantalones, se encorvó hacia adelante y ofreció al público sus nalgas pálidas y huesudas. "¡Y peludas!", comentó Natalia, una admiradora colombiana.
[ sigue acá. ]
Taller de Escritura Creativa a cargo de Hernán Iglesias Illa. Ocho semanas: en Brooklyn Heights. Martes de 7pm a 9pm.
Empieza el 25 de octubre.
Teórico y práctico. Introducción a géneros: crónica, perfil, ensayo personal, autobiografía, viajes, ficción: historias reales y casi reales. Plan de lecturas, asignaciones semanales, corrección dura pero bienintencionada. Hernán Iglesias Illa es autor de Golden Boys (Seix Barral, 2008) y Miami (Seix Barral, 2010) y escribe para La Nación, Gatopardo, Rolling Stone, Expansión y Orsai, entre otros. Más info – hernanii.net. Contacto y dudas – h@hernanii.net.
Cuando uno es joven y empieza a leer novelas traducidas y se encuentra con expresiones como "fruncir el ceño", "encogerse de hombros" o "entrecerrar los ojos", al principio piensa que son frases sumamente frecuentes y coloquiales del castellano. Después, cuando ve que los escritores latinoamericanos o españoles las usan poco, se da cuenta de que son obra de los traductores, que se pusieron de acuerdo o se imitaron para traducir algunas palabras de la misma manera, transformándolas en muletillas. Y después, cuando aprende un poco más de inglés, uno se da cuenta de que "fruncir el ceño" es frown, "encogerse de hombros" es shrug y "entrecerrar los ojos" es squint. Y se pregunta entonces, viendo que el inglés soluciona con cinco letras lo que al español le cuesta veinte o veinticinco, si el inglés es un idioma más eficaz o más económico que el castellano.
"No, no. Todos los idiomas son igual de eficaces, porque para eso existen y hay gente que los usa." La que responde, tan poco seducida por el argumento, es Edith Grossman, traductora al inglés de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa y de la más reciente y muy premiada versión de Don Quijote de la Mancha, de 2003.
"Lo que sí es cierto es que el inglés tiene un vocabulario enorme: cuatro o cinco veces más grande que el del español, el francés, el italiano o el portugués", explica Grossman a adn en su departamento del Upper West Side, en Manhattan.
¿Cinco veces más grande?, pregunta este cronista, frunciendo el ceño. "Sí. Y esto se debe a que el idioma inglés nunca tuvo una Academia de la Lengua y a que, por la misma razón, tampoco hubo una censura a la importación de palabras de otros idiomas. El inglés está lleno de palabras que vienen de idiomas indígenas, del español, del italiano, del yiddish. Importamos palabras de todo el mundo."
Una de esas palabras, no muy honrosa, viene del Río de la Plata: al gobierno militar de un país exótico se le dice military junta.
[ El resto, acá. ]
Gatopardo publicó este mes la nota más larga que escribí en mi vida: algo más de diez mil palabras, o sesenta y pico mil caracteres. Es sobre Ricardo Caputo, un asesino serial argentino que mató a cuatro mujeres en Nueva York y Ciudad de México en los años '70. Empieza así:
Lo primero que me acuerdo de la mañana cuando volvimos a Estados Unidos desde Mendoza, en 1994, es que el abogado nos había mandado una limusina al aeropuerto. Ahí nos subimos, mi hermano Alberto y yo, y fuimos directo a Manhattan, a la oficina de Michael Kennedy, el abogado, donde ya nos esperaban mi mujer, Susana (a la que Kennedy y Alberto habían traído desde Guadalajara), y los productores y técnicos de la cadena ABC, que estaban preparando todo para la entrevista. Yo me sentía nervioso y un poco angustiado porque ya no tenía tantas ganas, como antes, de confesar mis crímenes y entregarme a la policía.
Kennedy, un tipo grandote y conversador que había defendido a Ivana Trump y que era una especie de vocero de los sandinistas nicaragüenses en Estados Unidos, me dijo que no me preocupara, que las preguntas estaban pactadas de antemano. Alberto, que unos años antes se había hecho millonario gracias a un estudio de fotografía que tenía con su mujer —ellos procesaron, por ejemplo, parte del famoso libro Sex, de Madonna—, miraba desde un costado. Después de un rato llegó el periodista, que me saludó cortésmente. Yo tenía puesta una camisa bastante fea —azul y blanca, con anchas rayas verticales— y se me notaban en la cara el cansancio del viaje y la humillación de tener que revelar en público mi pasado espantoso. Se encendieron las luces y empezaron las preguntas, que contesté despacio y en inglés. Una parte del diálogo, emitido esa misma noche en un programa muy popular que se llamaba Primetime Live, salió publicada en el diario Clarín, de Buenos Aires:
—¿Mató usted a Natalie Brown? —me preguntó el periodista, que se llamaba Chris Wallace.
—Sí, señor —respondí, bajando un poco la cabeza.
—¿Mató a Judith Becker?
—Sí, señor.
—¿Mató a Barbara Taylor?
—Sí, señor.
—¿Mató a Laura Gómez?
—Sí, señor.
—¿Por qué las mató?
—Creo que fue por mi niñez.
—¿Recuerda el día que mató a Natalie Brown?
—Sí, me acuerdo que fue un sábado. Agarré un cuchillo, pero no sabía lo que iba a hacer. La oía gritar y la veía borrosamente. Veía líneas blancas, rojas y azules y muchos puntos. Había puntos por todos lados.
—¿Era consciente de que la estaba acuchillando?
—No. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía qué estaba haciendo.
—¿Sabe por qué mató a Judith Becker?
—No, estaba mentalmente enfermo.
—Hay mucha gente que piensa que usted es un asesino frío.
—No, señor. ¿Por qué habría de matarlas? ¿Para qué? No tendría sentido. Sólo estando loco podría haber hecho esto.
—¿Cuál era su nombre cuando estaba con Laura Gómez?
—Ricardo Martínez.
—¿Sabía que ella estaba embarazada?
—No. ¿Estaba embarazada? No...
Cuando terminaron las preguntas, oí los pasos apurados de un grupo de policías acercándose por la escalera y los vi entrar a la sala de reuniones de Kennedy, quien los había llamado y advertido de mi presencia. Me levantaron, me esposaron y me llevaron a la cárcel del condado de Nassau, cerca de Nueva York, donde me estaban investigando por el asesinato de Natalie. Me acuerdo especialmente de aquel día porque aquellos fueron los últimos minutos de mi vida que pasé en libertad, fuera de la cárcel. Fue el día en el que, después de veinte años fugitivo, viviendo vidas más o menos normales con nombres falsos pero con familias verdaderas, decidí entregarme. También fue el día en que los diarios de Nueva York empezaron a llamarme The Lady Killer, por haber "seducido" y asesinado a cuatro mujeres, y en el que, en Argentina, el Clarín empezó a agrupar las notas sobre mí con el cintillo: "El argentino que no podía dejar de matar". Me llamaban "asesino serial", una etiqueta que nunca, nunca reconocí como propia para mí o mis errores. Yo no quería matar. Es más, decidí entregarme porque no podía soportar las pesadillas, las alucinaciones y las voces que me hablaban: la culpa. Como le dije una vez a Kennedy, y él mismo repitió en una de las audiencias: "Prefiero vivir con mi cuerpo encerrado y mi mente libre, antes que con mi mente encerrada y mi cuerpo libre".
La Universidad de Antioquia, de Medellín, publicó hace unos días un libro con perfiles de algunos de sus egresados más famosos. Hay perfiles de Francisco 'Pacho' Maturana ("Odontólogo, 1972"), Fernando Vallejo ("Bachiller Liceo, 1959") y mi amigo Joaquín Botero ("Comunicador Social, 1999"), entre muchísimos otros. La gente de la universidad me pidió hace unos meses que escribiera yo el perfil de Joaquín, que comió conmigo hace un rato y me trajo un ejemplar del libro, intitulado 'Espíritus libres'. El perfil es bastante corto. Acá está–
A principios de los años ‘40, un escritor llamado Joseph Mitchell conoció en las calles de Nueva York a un carismático vagabundo que iba siempre cargado de papeles y decía que estaba escribiendo el libro más largo de la historia. Mitchell se hizo amigo de este curioso personaje, que había estudiado en Harvard, venía de una familia patricia y había elegido voluntariamente vivir en los márgenes de la sociedad. En 1964, publicó un largo perfil sobre él en The New Yorker, llamado “El secreto de Joe Gould”.
A veces, exagerando un poco, pienso que Joaquín Botero –periodista de la Universidad de Antioquia, portador un de emblemático apellido paisa, habitante de los márgenes literarios, geográficos y laborales de Nueva York– es mi Joe Gould.
Releyendo las decenas de emails que Joaquín me ha enviado en todos estos años, me detengo en éste, de abril de 2007: “Trabajé en el mercado de comida hasta el 24 y desde entonces me he dedicado a lo que tanto soñaba: estar acá leyendo y viendo películas. Duermo seis horas en la noche y durante el día tomo tres siestas”. Creo que el mensaje lo describe perfectamente: el escritor bohemio que elige un trabajo poco calificado a cambio de tener tiempo para escribir, leer libros y ver películas.
Sobre sus años como empleado de Garden of Eden, una cadena de mercados delicatessen, Joaquín escribió El jardín en Chelsea, un libro entrañable, duro y divertido, que tiene su misma voz y su misma honestidad. Antes había escrito (pero lo publicó después) Memorias de un delivery, un conjunto de crónicas locas y arrebatadas sobre su experiencia como repartidor en bicicleta en un restaurante de comida kosher en Manhattan.
En estos años he contado la historia de Joaquín en decenas de fiestas y reuniones, y a todo el mundo le parece fascinante. Cuento que no pudo viajar a Bogotá, en 2008, para la presentación de su propio libro (porque no hubiera podido entrar otra vez a Estados Unidos); o cómo dedica muchos de sus días libres a pagar una entrada y ver en el cine cuatro o cinco películas una detrás de otra; o los periódicos encuentros y desencuentros, eufóricos y desgarradores, con su novia de (casi) toda la vida; o su boda, finalmente, de la cual fui único testigo, y su épica visita a Medellín, hace unos meses, por primera vez después de 13 años.
No conozco a nadie que, después de conocerlo, no sienta cariño por Joaquín, o no se sienta intrigado por este tipo inteligente, irónico y de buenos modales que durante el día corta quesos caros para señoras de barrios altos y por la noche aprovecha sus contactos de prensa en Colombia para ir gratis a todos los festivales de cine de la ciudad. “Es una especie de genio incomprendido”, me dijo una vez un amigo.
Es posible que Joaquín sea un genio, pero también es un tipo testarudo. Cuando me suena el teléfono y veo en la pantalla un número desconocido que empieza con 212 (Manhattan) o 718 (Brooklyn), estoy casi seguro de que es Joaquín, que se niega a tener celular y me llama desde teléfonos públicos siempre distintos. Yo, como si fuera Mitchell, le digo a Joaquín que, si quiere volver al mundo de las personas normales, debería comprarse un celular. Pero él, como si fuera Gould, responde: “Me gusta el silencio. No me gusta la cosa tecnológica todo el tiempo: lo adictiva y anodina que es a veces”.
Creo que algo, sin embargo, está cambiando, y que mi Joe Gould está listo (o casi listo) para salir de su guarida: “Me siento limpio, renovado, sin angustias ni rabias”, me escribió hace poco, después de su viaje a Medellín. “Listo para volver con los quesos y las cosas buenas y malas de NY. Pero también a buscar nuevas oportunidades académicas o laborales".
Estuve unos días en Chicago. Escribí esta nota para el suplemento de Turismo de La Nación.
CHICAGO.- Cerca del centro de esta ciudad, del otro lado de la gran lengua de parques que bordea el lago Michigan, está Soldier Field, estadio de fútbol americano donde juegan los Bears, el equipo local. A los nativos les divierte mucho burlarse de su nuevo aspecto. Dicen que después de la renovación de 2003 el viejo estadio se parece a un plato volador o a la tabla de un inodoro. Pero para el visitante que viene a pasar un par de días, Soldier Field es otra cosa, mucho mejor.
El estadio original todavía está ahí: una enorme rueda-coliseo de cemento sepia, de inspiración clásica y columnas dóricas, que revela en cada detalle su fecha de construcción (1919). Adentro y encima de este anillo, sin embargo, los arquitectos han empotrado otro estadio, una taza azul de metal y vidrio que asoma, efectivamente, como un plato volador o la tabla de un inodoro, pero que también es un símbolo y una síntesis del éxito y el atractivo de Chicago como ciudad y, especialmente, de su capacidad para hablar de sí misma a través de la arquitectura y mantenerse enérgica y contemporánea.
Paseando por Chicago, visitando sus barrios y perdiéndose en su enorme matriz cuadriculada, uno puede ver todavía los rastros de la Chicago agrícola y frigorífica de 1890, la Chicago industrial de medio siglo más tarde y, también, la Chicago contemporánea y sus rascacielos de oficinas. En cada una de esas épocas, la ciudad se construyó a sí misma usando los mejores o los más puros ejemplos de los distintos estilos arquitectónicos que atravesaron el siglo XX. Por eso, una de las mejores maneras de visitar Chicago es hacer como si la ciudad misma fuera un museo de arquitectura vivo y al aire libre.
[ El resto, acá. ]
Taller de Escritura Creativa de No Ficción a cargo de Hernán Iglesias Illa. Ocho semanas: en Brooklyn Heights. Martes de 7pm a 9pm. Empieza el 3 de mayo. Teórico y práctico. Introducción a géneros: crónica, perfil, ensayo personal, autobiografía, viajes: historias reales (y casi reales). Plan de lecturas, asignaciones semanales, corrección dura pero bienintencionada. Hernán Iglesias Illa es autor de Golden Boys (Seix Barral, 2008) y Miami (Seix Barral, 2010) y escribe para Gatopardo, Rolling Stone, Expansión y La Nación (y Orsai), entre otros. Contacto y dudas: h@hernanii.net.
2012
En defensa de las playas urbanas (Clarín)
Hitchens, un contrera de manual (La Nación)
2011
Vuelve Tintín (La Nación)
El descuento final (La Nación)
Nueva York, diez años después (Life&Style)
Mining the Literary Middle Ground (Pub. Perspectives)
Autobiografía de Ricardo Caputo (Gatopardo)
Verdades escritas en tu ADN (La Nación)
Joaquín Botero, mi Joe Gould (Universidad de Antioquia)
Chicago, la lección de arquitectura (La Nación)
Escrito por Mark Twain (La Nación)
San Martín de Brooklyn busca el repechaje (Orsai)
Carta desde Nueva York: Caos en la manzana (Clarín)
2010
Marihuana Gourmet (Expansión)
Franzen: el retorno del realismo clásico (La Nación)
Eclipse de Gol: un diario del Mundial de Sudáfrica (Mediotiempo)
Jorge Ramos: el hispano (Gatopardo)
Por qué nos gusta el fútbol (QUO)
Foreign Exchange (Slate)
Brasil contra México (Expansión, 2010)
Antes
Las dos vidas de Maxi Kaplan (Emecé, 2009)
Orhan Pamuk (Ñ - Clarín, 2009)
Wall Street: hecha bolsa (Rolling Stone, 2008)
El nuevo Crack-Up (Perfil, 2008)
Ruslana Korshunova is dead (Esquire, 2008)
Barack Obama (Brando, 2008)
Manu Chao: Livin' la vida tómbola (pdf - Rolling Stone, 2007)
Tres días con Manu Ginóbili (pdf - Brando, 2005)
¡Cumbia villera! (El País, 2001)
***ÚLTIMO MOMENTO***
Golden Boys está ahora disponible para Kindle, por US$4,99 (US$6,99 fuera de EE.UU.), en Amazon (link) y para NOOK, en Barnes and Noble, por el mismo precio (link).
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Ésta es la historia de cientos de traders, banqueros y economistas que primero se adueñaron del negocio latinoamericano de los bancos de inversión, después del grifo del dinero para América latina y terminaron siendo árbitros y sumos sacerdotes de la crisis financieras de principios de siglo, incluyendo, especialmente, el derrumbe de Argentina.
¿Quiénes y cómo son esos Golden Boys que han conseguido hacerse un lugar en las catedrales de la imponente Wall Street, cuyas decisiones afectan los destinos de países emergentes de los cuales provienen y que a simple vista parecen cortados por la misma tijera? ¿Es Wall Street un club de cogotudos y ricachones que se contratan unos a otros y sólo les importa los intereses de su clase o, más allá de su origen o círculo de influencias, todos ellos tienen que probar día a día que merecen estar donde están, el lugar más exigente de las finanzas mundiales? ¿Qué diferencia hay entre los yuppies y los cosmócratas, la clase dominante probablemente más meritocrática de la historia? ¿Cómo funcionan estas nuevas elites? Los relatos, hasta ahora, han sido casi siempre borrosos y esquemáticos.
Hernán Iglesias Illa realizó una gran crónica de época: una formidable investigación, de gran intensidad narrativa, que revela los secretos y los motivos de un mundo poderoso del que se habla mucho y se sabe poco.
Anticipo del libro en el suplemento económico de La Nación. Publicado en dos partes: una está aca y la otra, acá.
Miami está ahora disponible para Kindle, por US$4,99 (US$6,99 fuera de EE.UU.), en Amazon (link) y para NOOK, en Barnes and Noble, por el mismo precio (link).
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Miami es la historia de una ciudad insegura y brutal, autodestructiva y fascinante, que hace mucho tiempo está buscando una piel donde sentirse cómoda. También es la historia de los prejuicios de su autor, que durante años ignoró a Miami y después descubrió, sorprendido y humillado, una ciudad con jugo y mordiente, mucho más interesante que la famosa trinidad –playa, shopping , anticastrismo– a la que él y buena parte de América Latina la habían condenado.
Después de un año y media docena de viajes, Hernán Iglesias Illa ha descubierto una Miami donde todavía hay playa, shopping y anticastrismo, pero donde las historias más urgentes y musculares transcurren en otro lado, en los suburbios del oeste y en los rascacielos de Brickell en los que cientos de miles de inmigrantes latinoamericanos le cambian la cara y el acento y la química a la ciudad. En Miami ya están los venezolanos, recién llegados; los colombianos, mimetizados con el paisaje; los argentinos, nunca convencidos de su propio exilio; los nicaragüenses, invisibles. Y, por supuesto, están los cubanos, con su propia crisis, envueltos en una inédita renovación generacional y política que dentro de no muchos años posiblemente cambiará el clima y el talante de Miami.
Desde mediados de los años 90, Miami se ha transformado y ha crecido en dos direcciones, aunque sin influencia cubana. Una de esas direcciones es la de su nueva sofisticación global, la que disfruta de Art Basel y del renacimiento de South Beach; la otra es la de los colonos latinoamericanos que le están devolviendo aquella mística de trabajo duro y ascenso social que los cubanos le habían inyectado en los años 60 y 70. Esa Miami fue la Miami moral de la Guerra Fría. Esta Miami de la globalización, amoral e impredecible, seguirá siendo cubana si los cubanos se atreven a compartirla.
Navegando con soltura y vigor narrativo entre la crónica, el ensayo y el diario de viaje, Iglesias Illa ha pintado un retrato apasionante, múltiple y por momentos conmovedor de una ciudad en transición, que parece estar siempre a mitad de camino y siempre al límite, como una ciudad de frontera, vibrante y efímera, hospitalaria y vacilante."Depósito de novedades sobre Miami.
Parte del primer capítulo está acá, en un anticipo de ADN.